Nos vemos. Nos miramos. Nos sonreimos. Pero no es como otros días. Leo en su mirada que algo le preocupa. Algo que le oprime el pecho. No sé lo que puede ser y tampoco creo que vaya a contármelo a mí. La que siempre está para fregar sus lágrimas aunque estas sean invisibles. La que escucha sus lamentos sin que de su boca salga ni una sola palabra. Y la que lo cobija bajo sus brazos sin llegar jamás a tocarlo.
¿Por qué iba él por una vez a contarme algo a mí? Seria un sin sentido, ¿no? O al menos eso parece.
La relación etérea que existe entre nuestras almas se desvanece junto a su sonrisa. Como un ave que emigra en verano. O como la marea que se retira. Deja huellas a su paso. Un sabor amargo a recuerdos compartidos.
Sus mirada se clava en el vacío perdiéndose en los entresijos de su mente. Quizá intentando buscar solución a un problema o quizá evocando algún recuerdo.
Recuerdos de momentos felices. Cuando el espacio entre nuestras pieles era todo un abismo. Una aventura que exigía estar bien preparado. A la que ninguno de lo dos se atrevía a aventurarse.
Recuerdos de cuando andábamos tomados de la mano en sueños. O de cuando aún nos valíamos de las palabras para comunicarnos. Pero las cosas cambian. Las personas, las circunstancias cambian. Aunque después de todo nosotros no hayamos cambiado tanto. El abismo sigue acechándonos. Nuestras almas están próximas pero a nuestros cuerpos aún los separan océanos y continentes.
Aun así seguiré aquí. Lo sé y él tambien lo sabe. Para secar sus lágrimas cuando estas se derramen y para rodearlo en un abrazo interminable cuando lo necesite. En el fondo sabe que puede contar conmigo. Y yo sé que puedo contar con él. Sólo necesitamos hallar la formar de saltar al otro lado. Hacer que la gran zanja se reduzca a una minúscula grieta. Poder reducir todo esto a nuestro pequeño universo. Donde nada nos preocupe. Donde no vuelvan a hacer falta las palabras.