Dos palabras.
Dos palabras que pueden suponer un giro radical a tu vida. A un momento concreto.
Esas dos palabras pueden ahuyentar todos y cada uno de tus fantasmas del pasado, de tus problemas, de tus complejos...
Todo lo que te atormentaba se desvanece por unos instantes. Al pronunciar esas dos palabras.
Pero quizás no tenga por qué ser sólo un instante. Si las palabras duran, si son resistentes al tiempo, pueden ser meses, años, o toda una vida.
El ser humano es incapaz de pronunciar esas dos palabras. No concibe el significado completo.
Únicamente el alma es capaz de pronunciarlas.
Ella las pronuncia con sentido completo porque ella las vive.
Las disfruta. Las siente.
Pero también las sufre.
Porque a veces estas dos palabras son prununciadas a la persona equivocada, o simplemente en el momento equivocado.
Y eso quema un trocito de tu alma. Lo destruye. Lo vuelve insensible.
Ese trocito mutilado ya nunca más podrá volver a sentir las palabras.
El problema de estas dos palabras es que actualmente el alma ha dejado de pronunciarlas en la mayoria de los casos. Ha dejado al cuerpo el trabajo.
Lo que convierte esta oración en un sin sentido.
Se convierten en palabras huecas. Vacías. Carentes de sentido.
El dilema es aprender a distinguir cuando esas dos palabras están huecas y cuando no.
Algo que parece no preocupar demasiado a los hablantes actuales de esta lengua. Los hablantes del amor. Para ellos todo cuanto tienen esta hueco. Es normal para ellos. Son personajes de papel.
Ya nada tiene sentido.
El paso del tiempo afecta hasta a la más pura chispa de sensatez.
Ahora todo es una cáscara vacía de lo que fue.
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